El que ha nacido de nuevo y
ha sido hecho una nueva criatura, ha recibido una nueva
naturaleza y un nuevo principio de vida. La persona que pretende haber sido
regenerada y que, sin embargo, vive una vida mundana y de pecado, se engaña a
sí misma; las Escrituras descartan tal concepto de regeneración. Claramente nos
dice San Juan que el que “ha nacido de Dios no practica el pecado, ama a su
hermano, se guarda a sí mismo y vence al mundo” (1 Jn. 2.29; 3.9-15; 5.4-18).
En otras palabras, si no hay santificación, no hay regeneración; sino se vive
una vida santa, no hay un nuevo nacimiento. Quizá para muchas mentes estas
palabras sean duras pero, lo sean o no, lo cierto es que constituyen la simple
verdad de la Biblia. Se nos dice en la Escritura que el que ha nacido de Dios,
“no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede
pecar, porque ha nacido de Dios” (1 Jn.3.9).
LA SANTIFICACIÓN CONSTITUYE
LA ÚNICA EVIDENCIA CIERTA DE QUE EL ESPÍRITU SANTO MORA EN EL CREYENTE.
La presencia del Espíritu
Santo en el creyente es esencial para la salvación. “Y si alguno no tiene el
Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8.9). El Espíritu nunca está dormido o
inactivo en el alma: siempre da a conocer su presencia por los frutos que
produce en el corazón, carácter y vida del creyente. Nos dice San Pablo: “Mas
el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza” (Gá. 5.22-23). Allí donde se encuentran estas cosas,
allí está el Espíritu; pero allí donde no se ven estas cosas, es señal segura
de muerte espiritual delante de Dios.
Al Espíritu se lo compara con
el viento y, como sucede con éste, no podemos verlo con los ojos de la carne.
Pero de la misma manera en que notamos que hay viento por sus efectos sobre las
olas, los árboles y el humo, así podemos descubrir la presencia del Espíritu en
una persona por los efectos que produce en su vida y conducta. No tiene sentido
decir que tenemos el Espíritu si no andamos también en el Espíritu (Gá. 5.25).
Podemos estar bien seguros de que aquellos que no viven santamente, no tienen
el Espíritu Santo. La santificación es el sello que el Espíritu Santo imprime
en los creyentes. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios,
éstos son hijos de Dios” (Ro.8.14).
LA SANTIFICACIÓN CONSTITUYE
LA ÚNICA EVIDENCIA CIERTA DE LA ELECCIÓN DE DIOS.
Los nombres y el número de
los elegidos son secretos que Dios en su sabiduría no ha revelado al hombre. No
nos ha sido dado en este mundo el hojear el libro de la vida para ver si
nuestros nombres se encuentran en él. Pero hay una cosa plenamente clara en lo
que a la elección concierne: los elegidos se conocen y se distinguen por sus
vidas santas. Expresamente se nos dice en las Escrituras que son “elegidos… en
santificación del Espíritu…” “escogidos… para salvación, mediante la
santificación por el Espíritu…” “… los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo…” “… nos escogió… antes de la fundación del
mundo, para que fuésemos santos…”. De ahí que cuando Pablo vio “la obra de fe”
y el “trabajo de amor” y “la esperanza” paciente de los creyentes de
Tesalónica, podía concluir: “Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra
elección” (1 P. 1.2; 2 Ts. 2.13; Ro. 8.29; Ef. 1.4; 1Ts.1.3-4).
Si alguien se gloría de ser
uno de los elegidos de Dios y, habitualmente y a sabiendas, vive en pecado, en
realidad se engaña a sí mismo, y su actitud viene a ser una perversa injuria a
Dios. Naturalmente, es difícil conocer lo que una persona es en realidad, pues
muchos de los que muestran apariencia de religiosidad, en el fondo no son más
que empedernidos hipócritas. De todos modos podemos estar seguros de que, si no
hay evidencias de santificación, no hay elección para salvación.
LA SANTIFICACIÓN ES ALGO QUE
SIEMPRE SE DEJA VER.
“Porque cada árbol se conoce
por su fruto” (Lc. 6.44). La humildad del creyente verdaderamente santificado
puede ser tan genuina que en sí mismo no vea más que enfermedad y defectos; y
al igual que Moisés, cuando descendió del monte, no se dé cuenta de que su
rostro resplandece. Como los justos en el día del juicio final, el creyente
verdaderamente santificado creerá que no hay nada en él que merezca las
alabanzas de su Maestro: “… ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos…?”
(Mt. 25.37). Ya sea que el mismo lo vea o no, lo cierto es que los otros
siempre verán en él un tono, un gusto, un carácter y un hábito de vida,
completamente distinto de los de los demás hombres. El mero suponer que una
vida pueda ser “santa” sin una vida y obras que lo acrediten, sería un absurdo,
un disparate. Una luz puede ser muy débil, pero aunque sólo sea una chispita,
en una habitación oscura se la verá. La vida de una persona puede ser muy
exigua, pero aún así se percibirá el débil latir del pulso. Lo mismo sucede con
una persona santificada: su santificación será algo que se verá y se hará sentir,
aunque a veces ella misma no pueda percatarse de ello. Un “santo” en el que
sólo puede verse mundanalidad y pecado es una especie de monstruo que no se
conoce en la Biblia.
LA SANTIFICACIÓN ES ALGO POR
LO QUE EL CREYENTE ES RESPONSABLE.
Y aquí no se me entienda mal.
Sostengo firmemente que todo hombre es responsable delante de Dios; en el día
del juicio los que se pierdan no tendrán excusa alguna; todo hombre tiene poder
para “perder su propia alma” (Mt. 16.26). Pero también sostengo que los
creyentes son responsables (y de una manera eminente y peculiar) de vivir una
vida santa; esta obligación pesa sobre ellos. Los creyentes no son como las
demás personas (muertas espiritualmente), sino que están vivos para Dios, y
tienen luz, conocimiento y un nuevo principio en ellos. Si no viven vidas de
santidad, ¿de quién es la culpa? ¿A quién podemos culpar, si no a ellos mismos?
Dios les ha dado gracia y les ha dado una nueva naturaleza y un nuevo corazón;
no tienen, pues, excusa para no vivir para Su alabanza. Este es un punto que se
olvida con mucha frecuencia. La persona que profesa ser cristiana, pero adopta
una actitud pasiva, y se contenta con un grado de santificación muy pobre (si
es que aún llega a tener eso) y fríamente se excusa con aquello de que “no puede
hacer nada”, es digna de compasión, pues ignora las Escrituras. Estemos en
guardia contra esta noción tan errónea. Los preceptos que la Palabra de Dios
dirige e impone a los creyentes, se dirigen a éstos como seres responsables y
que han de rendir cuentas. Si el Salvador de pecadores nos ha dado una gracia
renovadora, y nos ha llamado por su Espíritu, podemos estar seguros de que es
porque El espera que nosotros hagamos uso de esta gracia y no nos echemos a
dormir. Muchos creyentes “contristan al Espíritu Santo” por olvidarse de esto y
viven vidas inútiles y desprovistas de consuelo.
LA SANTIFICACIÓN ADMITE
GRADOS Y SE DESARROLLA PROGRESIVAMENTE.
Una persona puede subir uno y
otro peldaño en la escala de la santificación, y ser más santificada en un período
de su vida que en otro. No puede ser más perdonada y justificada que cuando
creyó, aunque puede ser más consciente de estas realidades. Los que sí puede es
gozar de más santificación, por cuanto cada una de las gracias del Espíritu en
su nuevo carácter y naturaleza, son susceptibles de crecimiento, desarrollo y
profundidad. Evidentemente, este es el significado de las palabras del Señor
Jesús cuando oró por sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad”; y también del
apóstol Pablo por los tesalonicenses: “y el mismo Dios de paz os santifique por
completo” (Jn. 7.17; 1Ts. 5.23). En ambos casos la expresión implica la
posibilidad de crecimiento en el proceso de la santificación. Pero no
encontramos en la Biblia una expresión como “justifícales” con referencia a los
creyentes, por cuanto éstos no pueden ser más justificados de los que en
realidad ya han sido. No se nos habla en la Escritura de una imputación de
santificación, tal como creen algunas personas; esta doctrina es fuente de
equívocos y conduce a consecuencias muy erróneas. Además, es una doctrina
contraria a la experiencia de los cristianos más eminentes. Estos, a medida que
progresan más en su vida espiritual y en la proporción en que andan más
íntimamente con Dios, ven más, conocen más, sienten más a Dios (2 P.3.18; 1
Ts.4.1).
LA SANTIFICACIÓN DEPENDE, EN
GRAN PARTE, DEL USO DE LOS MEDIOS ESPIRITUALES.
Por la palabra “medios” me
refiero a la lectura de la Biblia, la oración privada, la asistencia regular a
los cultos de adoración, el oír la predicación de la Palabra de Dios y la
participación regular de la Cena del Señor. Debo decir, como bien se
comprenderá, que todos aquellos que de una manera descuidada y rutinaria hacen
uso de estos medios, no harán muchos progresos en la vida de santificación. Y,
por otra parte, no he podido encontrar evidencia de que ningún santo eminente
jamás descuidara estos medios; y es que estos medios son los canales que Dios
ha designado para que el Espíritu Santo supla al creyente con frescas reservas
de gracia para perfeccionar la obra que un día empezó en el alma. Por más que
se me tilde de legalista en este aspecto, me mantengo firme en lo dicho: “sin
esfuerzo no hay provecho”. Antes esperaría una buena cosecha de un agricultor
que sembró sus campos pero nunca los cuidó, que ver frutos de santificación en
un creyente que ha descuidado la lectura de la Biblia, la oración y el Día del
Señor. Nuestro Dios obra a través de los medios.
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LA SANTIFICACIÓN.
LA SANTIFICACIÓN.
J. C. RYLE.

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